Hace
mucho que no escribía, y posiblemente sea verdad eso de que a veces sólo haga falta una persona que lo cambie todo para distraerte un instante, el suficiente para olvidarte de todo.
Para dejar a medias la páguina de un libro o el estribillo de tu canción favorita.
Para dejar enfríar la media taza de café o yo que sé.
Pero ahora, retomo lo anterior, todo. Cuando me tumbaba a escuchar música en el suelo de la terraza. Dicen que la música
te ayuda a escapar de la realidad.
Esos paseos por la mañana, sola, o eso creo.
Desconexión.
Cerrar los ojos e intentar distraerme, para evitar caerme.
Ignorancia.
Solía pensar que hay manos que encajan, como aquellos puzzles que hacía de pequeña a los que siempre le faltaba la pieza más importante.
Que la vida tenía banda sonora o que los cuentos de por la noche ayudaban a dormir
Por mi mente pasan miles de escenas rompedoras que no puedo evitar rememorar.
Soledad.
Sonrísas en la cara, lágrimas en la cabeza. ¿Qué dirán de mi cuándo no esté?
Ilusiones.
La vida, sin duda, es un teatro, pero a veces, tiene un reparto deplorable.
Dudas.
Ambos
sabemos como iba a terminar esto. ¿Cómo es posible que una misma
persona te haga sentir de lo mejor y, al mismo tiempo por cualquier
error te haga sentir de lo peor? Él me enseñó la respuesta. Se llama
amor.
Muerte.
La
vida es corta y es una mierda la mayor parte del tiempo. Ya todo el
año me hace daño y me vuelvo a llevar a patadas con la primavera. Mañana
no será otro día. El estómago me arde. Tú crees que me matas, yo creo
que te suicidas.
Estupidez.
No
estoy loca por querer terminar. Nada dura para siempre. Ni el amor, ni
la vida. Todos los puentes están enamorados de un suicida. ¿Cuál será el mio?
Fin.
Adiós.