Eso de ser adicta a una persona no es nada bueno. Puede llegar el día en el que algo cambie y todo se valla a la mierda. A veces llega pronto y otras veces puede tardar más de tres meses. Cuando las cosas se van complicando es cuando te empiezas a dar cuenta de todos los errores del camino. Verle sonreír con otra y que poco a poco, esas mariposas que revoloteaban por mi estómago haciéndome cosquillas, se conviertan en abejas asesinas. Y el escuchar música todas las noches mirando al techo mientras van descendiendo gotas negras por mi mejilla, se va convirtiendo en rutina. Es una bonita metáfora para hablar del dolor, ¿no os parece? Que empiece a sonar el estribillo de esa canción tan especial para mí y romper a llorar. Y puede que el tumbarse en la terraza todas las noches a mirar el cielo relaje, pero sólo es una forma más de distraer a mi cabeza, que no me deja ni un momento a solas. "Todo se ve perfecto entre vosotros desde fuera" me dicen. Lo que ellos no saben, es que detrás de cada beso ha habido una pelea. Aún me acuerdo cuando me miraba a mí igual que le mira ahora a su amiguita. Era perfecto. Quizás porque era un sueño. "Nada en esta vida es perfecto a no ser de que estés soñando", me dijeron una vez. Ahora que lo pienso, es un buen consejo para no ilusionarse. Todo esto dejó de tener sentido hace mucho pero aquí sigo como una idiota. Me despido porque si sigo escribiendo me ahogaré en mis propias palabras. Feliz Navidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario